20060724

El Simio Bombardero!


Para hacer una pequeña pausa entre los acontecimientos de su blogonovela favorita, decidí postear una pequeña historia.

Corrían los años 50, ya casi a inicios de los 60, y mis tíos eran aún unos angelicales muchachitos. Uno de los mayores, conocido por todos como "el niño Albertito", había tenido una aventura de la cual se desencadenaron los eventos motivos de ésta historia. Para hacer breve la introducción:

Resulta que el niño Albertito, a sus 13 años de edad, salió a pasear por las calles serenas de la plaza de armas de la ciudad de Corralillo , en la provincia de Sauce Lejano . Curioso y movido como era, y siendo todo un señorito, saludaba a quien pasaba, ya sea con una venia o con una educada sonrisa.

Albertito, siendo de la familia que era, tenía un gran amor por los animales, en especial por los equinos con quienes compartía el amor al aire libre y a la velocidad, además de la pasión por correr y saltar. Siendo así, y siendo él un muchacho tan libre, no pudo evitar la tentación que se le presentó esa mañana.

Un joven campesino, que llegó a la ciudad probablemente a comerciar, habia dejado una hermosa yegua atada en un poste cerca de donde se encontraba nuestro protagonista. Éste, observó el animal extasiado, y notó que la cuerda no se encontraba firmemente asida al poste. En un intento amable de ajustarla, decidió que quizá nadie notaría que la yegua no se encuentre por unos minutos... total, él era un señorito, y no creía que nadie se molestaría si tomaba prestado al animal por un ratito. Además, el campesino se encontraba obviamente ocupado con negocios más importantes que atender.

Así que saltó sobre la grupa del animal, y bien agarrado de las crines del equino, salió galopante por aquellas aun polvorosas calles de Corralillo. El animal, cuya inteligencia no deja de ser elogiada por poetas y escritores, notó inmediatamente las intenciones del muchacho, y al alejarse demasiado de su dueño frenó en seco, y dió media vuelta. El niño Albertito, al notar que la yegua no obedecía su comando, trató de dominarla como tantas veces había hecho con sus propios caballos... pero ésta vez el tiro le salió por la culata. La yegua se pajareó, y el niño salió despedido por los aires, como condorito tras cada "Plop!". El resultado de ésta aventura: una pierna rota.

Paralelamente, en casa de mi abuelo, se había alojado un visitante poco común. Era este un hombre de la costa, que viajaba con su mono, el mono Joaquín, y trabajaba en las tardes en las plazas de armas de los pueblos, haciendo que su mono adivine la suerte para cada uno de los amables observadores que se dignaran abonarle unas cuantas monedas. El mono, era toda una atracción para un pueblo como Corralillo, que como mayor entretenimiento tenía un cine en el que se pasaban religiosamente películas mexicanas de Pedro Infante y Jorge Negrete.

El adivinador alquilaba una habitación en la casa de mi abuelo, y un espacio en su aserradero, donde dejaba la carretilla  y al  mono antes mencionado. Una fatídica tarde, el adivinador no regresó, de forma que el mono Joaquín pasó a manos de mi abuelo, y por consiguiente a cada uno de sus 8 hijos.

Como es de comprender, la medicina en aquella época se basaba en gran parte en el reposo, lo que representaba para un personaje como éste, un aburrimiento fatal.

Siendo Albertito el señorito del hogar, tenía un carácter muy especial. Era él después de todo, el primer hijo varón de una numerosa familia, y por tanto tenía siempre un trato preferencial. No en relación a sus hermanos precisamente, pero sí era un trato especial. Y al ser así, su carácter lúdico, podía ser a veces corrompido por olas de picardía, egoísmo, sarcasmo y travesura malvada y malintencionada.

Durante sus días de aburrimiento, se dedicaba a fastidiar al mono Joaquín, recreándose hora tras hora jodiéndole la paciencia al simio, para su gran deleite. Ver enfadarse al mono era un espectáculo que Albertito adoraba, y por tanto, no desperdiciaba oportunidad para torturar al mico. Así que cuando se encontró postrado en una cama, con una pierna enyesada en alto, sumido en el más profundo y funesto aburrimiento, no se le ocurrió mejor idea, que pedir que le trajeran al mono Joaquín a su habitación.

Vivo como cualquier niño con sus cualidades, pidió que lo dejen sólo con el mono, para poder disfrutar de la compañía del animal, a "su manera". El mono, dándose cuenta inmediatamente de las intenciones de su contraparte, mantenía la distancia, balanceándose en las manijas de un gigantesco ropero de 3 cuerpos. Aquel mueble, bastante antiguo contaba con un espejo de cuerpo entero en la mitad, y el mono Joaquín estaba fascinado con su reflejo. Aquel espectáculo era un divertimento extraordinario para el niño Albertito. Las carcajadas resonaban estruendosas en su habitación, así que su ama lo dejó tranquilo y fue hacia la cocina a relizar cualquier tipo de otros quehaceres, depreocupada.

El mono Joaquín, pronto descubrió que las manijas del ropero abrian puertas, y ante la sorpresa de Albertito, encontró que dentro del ropero había una canasta con aproximadamente una centena de huevos. Raro lugar para guardar huevos, es cierto, pero a veces la abuela guardaba una cantidad especial de los mejores huevos, para preparar dulces y pastitas en un horno gigantesco que tenían en la cocina. Y teniendo a 8 hijos y otros 15 sobrinos en la misma casa, todos menores de edad, quizá el mejor lugar para guardar aquellos frágiles huevos era el armario gigantesco de su habitación.

Los ojos del mico brillaron con malicia, y el rostro de Albertito se tornó en una mueca incrédula cuando el mono, con claras dotes de beisbolista le lanzaba el primer huevazo. Falló!

Una estruendosa carcajada perniciosa del muchacho alentó al mono a proseguir con su venganza, por lo cual Joaquín cada vez más emocionado, saltando en una pata o ya sea balanceándose mediante su larga cola, continuó con una ametrallada de huevos al pobre niño. El recibir los impactos era ya demasiado para el muchacho, que chillaba sin parar entre risa y llanto, pero el hecho de no tener escapatoria al estar con la pierna enyesada sujeta al techo de la habitación hizo que el mono aproveche al máximo su oportunidad. Tomó la mayor cantidad de huevos posibles y saltó sobre el estómago del muchacho, reventándole los huevos uno a uno en la cara! Éste no podía contener el llanto, mientras el mono saltaba sobre su vientre en una danza cavernicolesca y salvaje. Al terminar de reventar los huevos, el mono escapó por una pequeña ventana, y no fue hasta horas más tarde, que el ama encontró a su niño Albertito, hecho un omelete en cama, dormido, víctima del ataque salvaje y sin tregua del mono bombardero.

¿Moraleja? No hagas a los otros, lo que no quieres que te hagan a ti... de lo contrario viene un mono pendejo y te agarra a huevazos!

7 comentarios:

luis_s4nchez on 9:50 p. m. dijo...

moraleja aprendida, mi estimado chepis.
tu blog, ademas de cultural, nos da entretenimiento (la blogonovela) y lecciones de vida.

Reivajss on 10:05 p. m. dijo...

y los genes del Tío Alberto llegaron al chepis? o el chepis es un muchacho sano?

El Chepis on 11:34 p. m. dijo...

Pues gracias Luis, a ver cuándo nos cambias el pan con palta! Y obviamente los algo de tío alberto hay en éste pechito... la genética es todo un misterio. Aunque jamás he disfrutado torturando animales, excepto claro a mi hermano. Jajaja

Anónimo dijo...

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Jazmin on 12:24 p. m. dijo...

jajajajaja eso le pasó a tu tio por pendeivis!